16
May

El costo de la indignación

Por: Mary Arellano

Las encuestas son ese mal necesario que muchos consultamos y referimos para poder hacer un estimado de preferencias, de cara a un proceso electoral. Estos instrumentos no solo nos dan indicadores sobre un personaje o partido y de la intención del voto. Nos dan la referencia de la percepción pública sobre las actuales administraciones, y nos permiten ver dónde está anclado el enojo social por sus resultados. Ojo, en la interpretación de estos instrumentos dejamos de lado que NO se está evaluando al próximo presidente (senador, diputado, alcalde, etc.) sino que lo que realmente se refleja es el ejercicio gubernamental actual: El Premio y Castigo que los ciudadanos aplicamos cada 3 y 6 años, pero… ¿votamos con el seso, con el corazón o con la víscera?

Las encuestas no son “oráculos infalibles” que nos muestren el futuro como una bola de cristal. Hay factores que cambian y surgen en el mismo momento en que un voto se deposita en la urna. La única estadística válida y exacta, es el resultado.

Hoy por hoy, las encuestas publicadas siguen apuntando a López Obrador a la cabeza. Lo cierto es, que más allá de una ventaja avasalladora, sabemos que la mayoría de los mexicanos repudia su controversial personalidad, no está de acuerdo en la mayoría de las aberraciones que propone, tiene miedo de caer en una trampa que conduzca al país a imitar modelos fallidos de populismo o socialismo como ha pasado en otros países latinoamericanos. Por más que él y su equipo intenten borrar esa etiqueta, es la que, por la naturaleza de su discurso, le corresponde.

Pero parece que va a ganar, por lo menos los oráculos y la lógica nos dice eso. La indignación del mexicano suele actuar de manera visceral y con miras a muy corto plazo. Las redes sociales han disparado el llamado al “voto útil” que básicamente es concentrar las intenciones de los votantes que rechazan a López para impulsar al segundo lugar; desgraciadamente, esta estrategia, solo podrá rendir frutos el día de la elección, las preferencias no podrán definirse antes que eso.

La desventaja que enfrenta al voto útil, es que los partidos que podrían hacer el contrapeso (PRI-PAN/Frente) se han dedicado con tal ahínco a descalificarse entre sí, que el voto duro de ambos ha llegado a niveles de indignación que aniquila las posibilidades de que LA DUREZA SE VUELVA UTILIDAD

La posibilidad de que se dé un escenario en que el segundo y tercer lugar acuerden la suma de fuerzas (que no es declinación) es cada vez menor. El desencanto de la sociedad ante una contienda basada en descalificaciones, señalamientos y mucho, mucho lodo, abona a la indiferencia y el hartazgo de la gente, que usa como vara de castigo la abstención y en su mejor caso la nulidad del voto.

Pero el voto nulo y el no participar en el ejercicio democrático en realidad no “castiga” a nadie, por el contrario, la abstinencia del votante refrenda las preferencias y en términos matemáticos es capitalizado por el puntero que gana cuando los contrarios no suman. También beneficia a los mayoritarios en el reparto de prerrogativas.

Por otro lado tenemos a las instituciones que están encargadas de propiciar, regular, vigilar y coordinar la participación ciudadana en el proceso electoral, y encontramos otro fenómeno: El INE, que debiera ser el instrumento de promoción del voto, el encargado de estimular la participación ciudadana y generar con ello una democracia más sana, que responda a las preferencias de las auténticas mayorías, se ha quedado corto.

Cuando las mayorías se estancan en la trinchera de la ignominia, la democracia es secuestrada por minorías participativas, bien organizadas y clientelarmente cooptadas por los partidos políticos. Pero tenemos una democracia construida sobre la arena floja de la indignación colectiva. Una democracia que no es tal, y que no sirve. Los spots del INE son pobres en contenido y emoción, no transmiten, no tocan la conciencia civil, no comprometen. Entonces encontramos que el INE de hoy, dista mucho de aquel Instituto Federal Electoral creado en 1990 como resultado de una importante reforma electoral bajo la administración del Presidente Carlos Salinas de Gortari, que dio paso a la verdadera democratización del sistema político mexicano, cuando la izquierda pudo avanzar conquistando un importante espacio en el congreso; cuando el divorcio del partido hegemónico con la autoridad del proceso electoral (hasta entonces Gobernación) dio certidumbre y consistencia a la voluntad popular que pudo sentir el reflejo de su decisión en los resultados electorales. No en vano, después del sexenio de Zedillo, se consolidó la transición del poder en México.

Este fenómeno creciente de descrédito hacia la clase política, sus arengas, las instituciones que las albergan y regulan, la invasiva intervención de los medios de comunicación como jueces y verdugos del ejercicio político (más allá de la libertad de prensa, sino como yugo o plataforma, según convenga a ciertos intereses) , no contribuyen a la sanidad democrática.

Quiero apostar a que la participación ciudadana responda en el mejor de los casos al llamado de la consciencia individual, de la introspección con la información y el análisis profundo del contexto político, histórico y actual, que atraviesa el mundo. Ojalá que el 1 de julio, los mexicanos salgamos a votar con la cabeza, apaciguando al corazón y sobre todo, dejando a un lado la víscera. El costo de la indignación va más allá de un proceso electoral, el costo de la indignación puede ser muy alto, y con seguridad a corto y mediano plazo tiende a encarecerse. Ojalá que al menos, la mayoría de los mexicanos, salgamos a votar y lo ejerzamos con conciencia, respondiendo a la pregunta de fondo: ¿quién de los tres candidatos será el mejor capacitado para ejercer el cargo? porque el costo de la indignación lo vamos a pagar nosotros, los mexicanos.

Mary Arellano

 

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